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Terminada,
en abril de 1939, las operaciones bélicas de lo que se conoce
como Guerra Civil, todos los órdenes de la vida española
quedaron afectados por las nuevas condiciones políticas y
económicas impuestas por los vencedores. Incluso se podría
considerar incorrecto, dado que el estado de guerra no se levantó
hasta cerca de una década después, hablar de postguerra:
para España comenzaba los años de la «victoria»,
no de la «paz».
Son cada vez más numerosos los trabajos que están
analizando estos años durante los que la represión,
las operaciones de «limpieza» de los focos de resistencia,
las carestías económicas, las duras condiciones de
vida y los desplazamientos de población, continuaron configurando
el negro panorama de una nación convertida en un inmenso
cuartel. Los controles de residencia y desplazamiento eran una realidad
tan cercana como las cartillas de racionamiento. Como también
lo eran el exilio o la prisión de cientos de miles de españoles
derrotados.
Desde 1936, a medida que los sublevados fueron ocupando poblaciones
y comarcas, se abrieron campos de concentración en donde
se clasificaban a los prisioneros. Su destino bien podían
ser sus localidades de origen donde les aguardaba el consejo
de guerra y la cárcel o la «desaparición»
o convertirse en miembros de los batallones del ejército
franquista. Acabada la guerra «abierta» se produjo una
cierta desmovilización que sustituyó el destino militar
por la cárcel o los campos de trabajo, modalidad ésta
que tenía como finalidad aprovechar una mano de obra «barata»
y «disciplinada» para la cual se diseñó
una estrategia que incluía su fundamentación ideológica
de inspiración nacional-católica.
Fueron estos trabajadores quienes a lo largo de todo el país
protagonizaron la construcción de grandes obras públicas,
barriadas de viviendas, e incluso obras monumentales simbólicas
a mayor gloria del franquismo. En la memoria de todos están
algunas de las más importantes, como el «Valle de los
Caídos», aunque se podría decir que no hay provincia
en la que no podamos encontrar obras en las que no intervinieran
«los presos». Todo ello requirió crear una estructura
organizada encargada de facilitar, o de llevar adelante por sí
mismo estos trabajos (el Servicio de Colonias Penitenciarias Militarizadas,
los Batallones de Trabajo, etc.), y toda una ideología justificadora
de este esclavismo, cuya expresión más acabada es
«la redención por el trabajo» del jesuita Pérez
del Pulgar.
Este organismo fue adjudicatario de numerosas obras públicas
(carreteras, poblados, obras hidráulicas, etc.) en Andalucía,
aunque también se dedicó a «alquilar sus recursos
humanos» a empresas que de esta forma se vieron beneficiadas
y posibilitó su enriquecimiento. El procedimiento habitual
como adjudicatario directo se iniciaba mediante solicitud del propio
Servicio, y tras los informes favorables, se rubricaba un Convenio
entre la administración competente y dicho Servicio, que
se hacía cargo de las obras por el sistema de administración.
Entre dichas obras cobra un especial significado el Canal del
Bajo Guadalquivir, algunas de cuyas secciones fueron realizados
por este procedimiento, siendo en este caso la Confederación
Hidrográfica del Guadalquivir la parte demandante de los
servicios que prestaba Colonias Penitenciarias Militarizadas.

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