La Moneda se llena de poesía (25 de marzo de 2001)

El masivo recital de la noche del viernes en la Plaza de la Constitución, en el marco del encuentro ChilePoesía, congregó espectros, emociones y diluvio poético. (El Mostrador)

Tras una hora de espera y luego de una singular irrupción de don Antonio Machado a través de los versos de "La Saeta" -con música de Serrat y cantante lírico- el público congregado en la Plaza de la Constitución pudo poner atención a las palabras de los poetas. La cosa partía lenta. Mientras en los parlantes sonaba Neruda, un helicóptero que dejó caer sobre la multitud medio millón de marcalibros con poemas de 50 poetas jóvenes.

Pero Neruda no iba a ser el único fantasma presente. Entre las declamaciones de las ilustres visitas internacionales, desde ventanas y balcones del palacio de gobierno, del Ministerio de Hacienda y de otros edificios aledaños, se sumó Gabriela Mistral, a través de una cantante que entonó uno de los míticos "Sonetos de la Muerte"; y Pablo de Rokha, cuya cascada voz se oyó recitando la "Epopeya de las Comidas y las Bebidas de Chile".

Mientras abría la noche la poeta norteamericana Adrienne Rich, entre el público se repartía una versión fotocopiada de la Aurora de Chile, periódico ministerial y político en edición especial, con veladas alusiones a al "evento mediumediático". Rich fue oída en silencio y luego traducida por José María Memet: "Sueño que soy la muerte de Orfeo...". Casi podría decirse que pasó inadvertida, pero no. Luego el gentío aclamó poderosamente a Gonzalo Rojas, quien se despachó cuatro poemas entre aplausos y vítores. Rojas, eufórico y teatral como siempre, marcó la tónica de la jornada, con una lectura que de algún modo resignificaba otros fantasmas: "Helicóptero", "Cifrado en octubre" (dedicado a Miguel Enríquez) y "Sebastián Acevedo" templaron un ambiente que en las lecturas de Cardenal y Yevgueni Yevtushenko, ya entrada la noche, se haría explícitamente político.

Juan Gelman fue el tercero en asomar a los balcones de La Moneda: "Me llamo Juan Gelman. Soy argentino, además. Y estoy muy conmovido". "El infierno verdadero" y "Cuentos", leídos en la media voz que lo caracteriza, fueron escuchados en respetuoso silencio, aunque no arrancaron la euforia de sus anteriores presentaciones. El poeta, en todo caso, se ha ganado el cariño del público, que lo reconoce y aplaude cada vez que tiene oportunidad.

Cuando asomó Lêdo Ivo la multitud ya se había resignado a no poder ver. Miraban hacia cualquier lado, sentados en las veredas, oían en silencio cómo los antepasados del brasileño chocaban ciegos como murciélagos contra las blancas paredes del amor. Es que hasta allí todos habían declamado desde los balcones de La Moneda. La visión era obstaculizada por el edificio mismo, dependiendo del ángulo en que se encontrase el espectador. El asuntó empezó a mutar cuando le tocó a Rita Dove. La afroamericana leyó desde la alta esquina de la Intendencia de Santiago que da a la Plaza de la Constitución, coronando la belleza de la antigua construcción con la de sus propios versos, dos piezas notables inspiradas en la masacre de trabajadores haitianos que Rafael Leonidas Trujillo desató en 1937.

Tras la impecable e implacable Rita Dove fue el turno de Hans Magnus Enzensberger: abrió con un chiste alemán y mostró, como antes en el Goethe Institute, su manejo del idioma nativo.

Pese al histrionismo y manejo de Enzensberger, lo mejor estaba aún por venir: de pronto, pareció como si un ciudadano cualquiera del público se hubiera tomado el micrófono: "No me dejan fumar", se quejaba la voz. "Por favor, dejénme fumar". El discurso provenía del Ministerio de Hacienda -"Me han puesto en una ventana siniestra"-, y el que hablaba era el peruano Antonio Cisneros, que arrancó carcajadas a la concurrencia. Cisneros leyó, sin orden y con algo de concierto, sus "Boleros", dedicados a una mujer que lo dejó "sólo como un perro, como una rata, como un peruano, en definitiva", y condensó en unas cuántas líneas corrosivas su opinión sobre los premios literarios. Pasada la catarsis desmitificadora, el mexicano Alberto Blanco (sin duda una de las "revelaciones" del encuentro) impondría sobre la multitud, amablemente, el carácter ritual de la poesía: "He venido desde México -dijo- a compartir con ustedes tres minutos de palabras. Es decir, a compartir con ustedes una vida. Gracias por la paciencia, gracias por la hospitalidad, gracias por estar aquí".

Miguel Arteche, Amanda Berenguer -casi cantando- Carlos Germán Belli y Ferreira Gullar entrarían en ese ensalmo de Blanco: compartir las palabras, compartir una vida. El fuego sagrado que Yevtushenko vio, hace casi 30 años, consumir la fotografía de Allende en un periódico hecho antorcha, mientras el propio Presidente hablaba en un balcón destruido y vuelto a construir. El fuego que ardió bajo la Plaza, en uno de los momentos más significativos de un encuentro coronado por la presencia de Nicanor Parra, que aunque se permitió criticar el -custionable, claro- criterio de selección de los organizadores, igual asomó al balcón para leer, con no poca autoironía, "El poeta y la muerte" y acometer, ante los pedidos de "bis", la "Defensa de Violeta Parra", brgando contra la luz de los seguidores que no le permitía ver la página impresa. En una de esas pausas, el antipoeta sencillamente se quebró: "Para verte mejor cierro los ojos / y me remonto a los días felices...". ¿Qué otra cosa, si no, puede ser la chilena poesía?

 

<<<<< volver a noticias