En uno acto organizado en una de las últimas visitas que hizo la economista René Passet a Cataluña, el biólogo Ramon Folch comentó lo mal que han hecho los economistas su trabajo concreto, es decir el trabajo de administrar la producción y distribución de bienes y servicios y a la vez mejorar el patrimonio. Hay que reconocer que el comentario de en Ramon Folch es del todo acertado, a la luz de las reflexiones respecto a todo el que nos va enseñando la ecología y con el que se constata con las muchas "crisis ecológicas" que van aconteciendo.
Creemos, pero, que hay otra manera tanto o más acertada de evaluar el trabajo que han hecho y hacen los economistas. La evaluación alternativa, aun cuando puede parecer contradictoria, nos hace ver que los economistas (el 99 % de ellos) están haciendo muy bien su trabajo concreto: administrar la producción y distribución de bienes y servicios y mejorar el patrimonio. La solución de esta aparente contradicción está en el hecho que los economistas no están trabajando al servicio de una "casa común" y para la satisfacción de las necesidades generales, individuales y colectivas, sino al servicio de patrimonios privativos y para satisfacer las necesidades en expansión de unos cuántos (pocos) hombres y (menos) mujeres. Hay que saber un poco de economía académica por darse cuenta del buen trabajo que en este sentido están haciendo la mayor parte de los economistas. Imaginaos sí lo hacen bien, que incluso nos han puesto a trabajar a todos bajo las pautas valorativas que interesa a quienes también los hacen trabajar a ellos. Creo que el secreto, al fin y al cabo, está en la eficacia social lograda por la construcción de una (pseudo-) "ciencia económica", tautológica y normativa, que plantea, implícitamente y como pauta última de toda acción social, que el beneficio individual expresado por el lucro monetario, es el que lo mueve todo, que todo lo justifica, y que, para vivir bien, no se tiene que contradecir sus postulados ideológicos.
Por suerte, la parte más "dura" de esta "ciencia económica", así como la de los profesionales que son sus defensores, está en crisis y se les abren vías de agua por todos lados (hay quién defiende que hay que practicar rápidamente, y por el bien de todos, una clase de eutanasia terapéutica).
Si evitamos irnos por las ramas del debate académico el hecho es que esta crisis todavía se deja entrever en nuestras vidas sólo muy de vez en cuando. Y no hay que ir muy lejos. En Cataluña mismo, y si tenemos que hacer caso de los portavoces de las opiniones públicas, parece que los ciudadanos estamos más activamente preocupados por calcular los repartos de rentas (de sueldos, de beneficios, de servicios, de productos, ...) que por preguntar —y preguntarnos— por la bondad de los orígenes, usos y destinos de estas "rentas". Por lo tanto, todos actuaríamos pensando, primero, que las consecuencias sociales y medioambientales de nuestros actos ya nos las encontraremos más adelante o, "si todo va más o menos bien", ya se las encontrarán las generaciones futuras, y segundo, que nuestra situación no tiene mucho que ver con la situación de muchos de los países del mundo que están siendo expoliados de recursos.
Es uno hecho que en los bordes del camino que ha seguido la doctrina económica oficial y predominante para lograr la hegemonía en cátedras, despachos y medios de información, han ido quedando escondidas todo de cuestiones y de planteamientos que atienden a lo que ahora se denomina "la economía de la vida" o "la ecología humana", o bien "la economía ecológica". Ahora, por la propia fuerza de la evidencia, estas cuestiones y estos planteamientos vuelven a levantar la cabeza con fuerza, se desarrollan y se renuevan todo aprovechando los agujeros que se van abriendo entre los mantos ideológicos de la economía del dinero. Toda una prueba más de resistencia activa.
Así, la economía ecológica nos hace entender muchas cosas y volver a descubrir muchas otros. Pero a nuestro parecer, la más importante de todas es que ninguna valoración económica (o ninguno indicación de la ecología humana) puede agotar el campo valorativo: nunca la economía conseguirá determinar una solución óptima, un precio justo, un camino tecnológico a seguir. Lo que puede llegar a ofrecer sólo es el participar de un análisis multicriterial que aclare los marcos de decisión, las condiciones de posibilidad y las restricciones que somos capaces de formular según el estadio de nuestro conocimiento, es decir, aclarar y indicar aquello que se puede hacer, aquello que no se puede hacer y las condiciones y riesgos perceptibles asociados a las posibilidades alternativas.
La economía ecológica desplaza así la economía "oficial" del centro de los debates en torno a los proyectos sociales y vuelve a poner la política en todas sus dimensiones. Es por esto que se están potenciando conceptos como los de justicia ambiental, democracia participativa, ecologismo popular, etc.. No se trata pues de la política de partidos, empresas y estados, sino de la política de hombres y mujeres concretos, con necesidades concretas que se pueden satisfacer de muchas maneras, y que viven conjuntamente con otros especies en unos territorios concretos y dentro de una casa común, la tierra, con topes materiales tanto evidentes como mal percibidos.
Mira por dónde, al fin, ya hemos descubierto qué ha sido el principal trabajo de los economistas y de la "ciencia económica" más académica: intentar esconder la política y las relaciones de poder en cada una de las decisiones que se van toman desde diferentes instancias, así como también en las que tomamos cada uno o cada una de nosotros. Cuándo una acción o un proyecto sólo se quiere justificar por la economía o por un amputado y vasto "interés individual" (un interés idealizado y miope que es ejercido por individuos o por empresas y que sólo buscan el propio beneficio y que no incluyen en su formulación ni la interés de los demás ni la interés colectivo).
El conflicto entre la economía ecológica y la crematística sólo ha hecho que empezar. Si la valoración monetaria deja de ser la principal guía de nuestros actas, haciendo entrar otros criterios en nuestras decisiones cotidianas, la crematística entra en crisis, pero a la vez también estamos rompiendo ataduras de dominio sobre nuestras vidas. Hay que tener presente que, ahora, el querer apartar a los ciudadanos de la capacidad de decidir y, a la vez, legitimar tecnocráticamente las decisiones que se van tomando en los (cada vez menos) despachos dónde se administran las cuestiones humanas, sigue siendo un objetivo principal de los grupos sociales que resultan favorecidos. Hay que ser conscientes que el impulso que quiere poner la doctrina de la economía del dinero en el centro de nuestras vidas, responde a este objetivo plutocrático: mientras la mayoría cuente y valore las cosas, y (a la vez) la misma vida, con dinero, las evaluaciones "multicriteriales" sólo se harán, y cada vez más, en los centros de decisión de las grandes empresas privadas.
¿Seguirán siendo unos renovados economistas los encargados de seguir haciendo este trabajo de control social?, o habrán de compartir su función con unos ecólogos y unos ingenieros, convertidos en biotecnólegos y en tecnócratas ambientales, los cuales "ya saben ellos" como organizar la vida y como "gestionar el planeta" con las "más óptimas" condiciones y escogiendo las mejores opciones entre las viables?.
La cuestión práctica que se nos plantea ahora es: dado que nuestra manera de vivir (de usar recursos, de elaborar, distribuir y consumir productos, de generar residuos) es inviable o no sostenible, dado que hay que hacer un ajuste cultural y tecnológico, ¿Cuales son los criterios que tienen que guiar este ajuste?, quién tiene que decidir las líneas de desarrollo tecnológico que se tienen que potenciar? ¿Cómo se tienen que repartir los beneficios y los perjuicios del ajuste? ¿Tiene que ser al fin y al cabo un "sálvese quien pueda", que casi equivale a un "que se salve quien más pueda"?.
La distribución actual de las capacidades de ejercer poder, de tomar decisiones influyentes, hace que los consejos de administración de las grandes empresas y de las corporaciones multinacionales sean las que determinen las acciones de los gobiernos públicos. Los gobiernos públicos estando siendo desbordados por el simple hecho de estar poco fundamentados sobre la acción y la opinión política de sus ciudadanos y sobre sus verdaderos intereses, unos intereses que son individuales, pero que tienen también en cuenta los intereses colectivos, cosa que queda comprobada en la mayoría de los casos en que los ciudadanos han podido manifestar plenamente (multicriterialmente) sus opiniones.
Tal y como están las cosas, los ecologistas, además de ecología, de salud y medio ambiente, también tenemos que hablar de economía, de ingeniería, de política, etc. , pero, como hoy por hoy, la racionalización de las decisiones que predomina es la económica, los ecologistas habremos de hablar especialmente de economía. la objetivo irrenunciable es, una vez más, abrir nuevos canales y nuevas posibilidades de participación política para el conjunto de la ciudadanía.