COLATERALES |
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Apuntes prófugos sobre la guerra |
| Quizás algo que decir | ||
| Nos han declarado la guerra | ||
| La instrumentalización de la resistencia de las mujeres | ||
| La guerra del siglo XXI | ||
| Las dimensiones económicas de la guerra | ||
Quizás algo que decir |
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Con
la guerra de allá (en la remota Asia Central) y los
inmigrantes de acá (ahora algunos acampados en las
universidades, pero también con demasiados antes) ocurre
algo parecido. Nuestra relación con la guerra y con los
inmigrantes se manifiesta, a pesar de todo, desde una
distancia, desde unas diferencias, ambas interiorizadas a
modo de culpa a razón de esa "superioridad"
que indica que la abundancia de su miseria es, al fin y
al cabo, mucho peor que la miseria de nuestra abundancia
que sólo se sostiene por su miseria. Desde esa
perspectiva es muy difícil ir más allá de las muestras
de apoyo o de la mera "solidaridad".
Desde esa simpatía cautiva no resulta, además, nada fácil superar las dinámicas de intervención habituales: primero informarse, procurando ceder la palabra a los protagonistas directos o cuando menos intentando no suplantársela; después, movilizarse cuidando de no alterar sus demandas e iniciativas. Ir a remolque de las situaciones dadas, y más si nos son ajenas, implica disponerse a activar el doble ejercicio de abundar en actos varios informativos/divulgativos y octavillas o boletines contra-informativos, y dinamizar las acciones más usuales del repertorio de la protesta, ya sean manifestaciones, fiestas o conciertos, recogidas de firmas, etc.
En fin, en esa lógica de operaciones, nosotros tan (de)pendientes de ellos no hacemos más que entregarnos a su causa, como si aliviáramos la incapacidad de combatir nuestra miseria. Y la suma de insatisfacciones que genera el proceso llevan, como sabemos, primero a la desidia y después, si se tercia, a una autocrítica con nula incidencia ya que no servirá casi de nada en la próxima contienda. Ante la guerra desatada parece necesario plantearse, como punto de partida, avanzar en el desbaratamiento de la "supuesta" distancia y su plañidero corolario de apoyo a las víctimas que siempre son otras. Suprimir o acortar la distancia no pasa tanto por ponerse en el lugar del otro (ya sea inmigrante o afgana), sino en poner ese otro en nosotros empezando no sólo a asumir las diferencias para suprimirlas sino disponiéndose a contrastarlas para que ese otro y sus situaciones afecten nuestra manera de vivir y viceversa. Así, ante la guerra, y para no echar más pelotas fuera, además de analizar la guerra allá, o en el mundo, en apresurados cursillos de formación, conviene considerar que la guerra también (y ante todo) nos las han declarado a nosotros y no sólo a razón de nuestra condición abstracta de comunidad humana. Para combatir esa guerra nos queda saber colocar en un primer plano los efectos de la misma aquí contra nosotros, aunque sepamos que son aspectos secundarios en la lectura "compleja" de la guerra total y que los daños colaterales que nos caigan no tendrán la misma carga mortífera. Esta vez el ponerse aparte sólo sería acertado como preliminar para anotar que guerra infinita y terrorismo invisible son una misma cosa, son las dos caras del terror del sistema que provocan una situación de hecho que se nos escapa tanto en la comprensión plena de sus causas como en lo que es su propio desenlace. Pero entrevemos que uno de los efectos ya casi logrado es anular nuestra capacidad de actores sociales, y por eso nuestra parte en la contienda radica aquí, resistiéndose a "esa" guerra tal como se nos vaya declarando (ya mismo destacan la militarización de las conciencias a través de lo mediático, la criminalización de las disidencias amparándose en el antiterrorismo, las reestructuraciones productivas con sus masivos despidos y el decantamiento del Estado hacia ese descarado capitalismo asistido que acude a salvar sectores en crisis mientras desmantela todavía más la asistencia social) o tal como se la podamos declarar desde aquí interfiriendo con el bloqueo de la maquinaria del complejo industrial-militar. ¿Parar la guerra? Mas allá de la consigna, parar la guerra no expresa más que un deseo de unos pocos, pues el resto ya ha metabolizado la barbarie como mal menor de ese estar seguro y tranquilo en el mejor de los mundos posibles. La guerra no la pararemos, por descontado allá, y ya sería demasiado que paráramos los golpes aquí antes de vernos otra vez inmersos en otros largos años de invierno. No por ello renunciamos a desertar del papel de cómplice-cordero de la barbarie en el que quieren apresarnos, y tampoco dejaremos de mirar cómo transitar de la solidaridad virtual a la solidaridad real mientras nos empeñamos en desplegar aquellas críticas prácticas a la altura de nuestras necesidades y posibilidades. |
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Nos han declarado la guerra |
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El Gobierno
español nos ha metido en la guerra. Pero eso no puede
sorprendernos, pues la guerra siempre la declaran unos
cuantos (los gobiernos, los grupos terroristas, los
lobbies industriales, las multinacionales) contra hombres
y mujeres convertidos en rehenes y víctimas. ¿Qué
intereses de empresas y grupos de presión españoles hay
detrás de la patética insistencia del presidente Aznar
para que el ejército norteamericano acepte la
colaboración de las tropas españolas? No
puede explicarse el diligente servilismo del presidente
del gobierno español por la simple voluntad de servir
heredada de su sólida formación falangista. Tiene que
haber algo más, algo importante e inconfesable tiene que
estar en juego, para que nos involucren en una guerra en
nombre de dios, los valores democráticos y la libertad. Durante diez años, estos circunstanciales enemigos de Occidente, los talibanes, mantuvieron secuestrada y humillada a la mitad de la población de Afganistán (las mujeres), sin que los derechos humanos y la civilización occidental se resintieran por ello. Por supuesto, tras el delirio belicista de Washington y sus aliados se esconden los intereses más espurios (petróleo, corredores de gas, posiciones geoestratégicas, etc.). Todo son conjeturas acerca del espantoso atentado de Nueva York, pero la instrumentalización del enemigo islámico ha dado sus frutos en la forma de un consenso internacional que recuerda los tiempos de la guerra fría. Y ese consenso globalizado tiene su correlato en el consenso que concita esta guerra de civilización entre los aparatos institucionales (partidos, sindicatos) y sus satélites (ONG) del Estado capitalista. La ficción del sistema de representación democrático exige de la oposición un acto formal de oposición que legitime, precisamente, la decisión del gobierno español a favor de la guerra. A fin de cuentas, la militarización de las conciencias en el capitalismo desarrollado ha ido evolucionando a lo largo de una década de la guerra por la defensa del derecho internacional contra la invasión de Kuwait por Irak, primero, hacia la guerra humanitaria (Balcanes), después, y la actual guerra por la civilización. Esa evolución sigue una línea de la adhesión creciente de la ciudadanía, como consecuencia del atrincheramiento ideológico y físico del Occidente capitalista, mediante el cierre de fronteras frente al resto del mundo. De ese modo, se configura un espacio cerrado privilegiado, con unas relativas garantías de seguridad y bienestar frente al otro que amenaza desde afuera, ya sea como inmigrante o enemigo. Por eso, la oposición a la guerra carece de una mínima credibilidad. Porque a estas alturas, ¿quién puede creerse los llamamientos a parar la guerra realizados desde las diferentes instancias de la oposición política? La reconversión coyuntural del movimiento antiglobalizador en plataforma pacifista, que cuenta con el apoyo de los partidos y sindicatos de izquierda, además de las ONG, evidencia tanto las limitadas posibilidades prácticas de la intervención política contra la guerra, como el cinismo de los gestores de los aparatos de representación política, sindical y humanitaria que intentan cumplir el expediente convocando actos meramente testimoniales, mientras apoyan en la práctica la política belicista del gobierno. ¿Cómo entender, sino, los términos de la convocatoria de la manifestación del 29 de septiembre en Barcelona? Apelar al gobierno en nombre de unas cuantas obviedades de tinte pacifista sin ninguna propuesta de presión sobre la maquinaria de guerra que el gobierno gestiona, es simplemente un brindis al sol. O, aún peor, una manera de desmoralizar e inducir la impotencia entre la gente que espontáneamente rechaza la guerra, y que quiere desmarcarse de los dos bandos contendientes, porque su bando es precisamente el de las víctimas. Existe una base de consenso a favor de la guerra más amplia de lo que, a simple vista, pudiera parecer. De ahí que no se articule ninguna oposición relevante a la guerra. Todas las instituciones (partidos, sindicatos, ONG, etc.) que dicen estar contra la guerra, en la práctica cierran filas con el Estado, de cuya estructura forman parte y de la que dependen económicamente. Por eso su actitud es coherente con el papel que tienen asignado en el sistema de representación de las democracias capitalistas. Como ya ocurriera durante la guerra del Golfo y, posteriormente, en las guerras balcánicas, las movilizaciones se han restringido a sí mismas bajo la forma de manifestaciones (cada vez más anodinas y menos numerosas) que tienen como finalidad escenificar la impotencia. De este modo, lo que aparentemente se presenta como un acto testimonial de oposición a la guerra, se convierte en una demostración más de la imposibilidad de emprender ni siquiera una mínima acción de solidaridad real, práctica. Es cierto que la maquinaria de guerra tiene su propia dinámica fuera de los ámbitos de decisión en los que discurre nuestra vida cotidiana, pero el aparato político-militar no es autónomo respecto de la sociedad. Es ahí, en el circuito socio-económico que da soporte al complejo militar, donde existe un espacio de intervención contra la guerra.
Aparte los objetivos
económicos y geoestratégicos que pueden estar en
juego, la guerra actual tiene un especial objetivo en el
enemigo interior. Desde hace años, las democracias
capitalistas vienen adoptando rasgos cada vez más
autoritarios, como consecuencia de la concentración de
poder en reducidos centros de decisión financiera,
política, militar, económica, etc. La
instrumentalización del terrorismo por el Estado
contribuye a desarrollar esas tendencias hacia una forma
de totalitarismo democrático que asfixia las libertades
públicas. Si durante la dictadura franquista existía la
fórmula del estado de excepción, el régimen
democrático la ha reconvertido en el estado de
excepcionalidad como recurso de control y represión de
cualquier expresión práctica de disenso que tenga una
cierta dimensión política (sea una huelga no reconocida
por los sindicatos, como las movilizaciones de los
inmigrantes sin papeles, las okupaciones, etc.).
Por eso decimos que nos han declarado la guerra. Al menos, a los hombres y mujeres que no tenemos ningún interés (económico, político, de representación, etc.) en la guerra. Detener la guerra es algo que no está directamente al alcance de quienes hemos sido convertidos en espectadores, sujetos pasivos de la guerra, sometidos al bombardeo sistemático de los medios de información, pues el dominio de la información (incluso la ausencia de imágenes en TV) se ha convertido en un factor estratégico de primer orden. No contamos con medios directos para neutralizar la maquinaria de destrucción bélica que gestiona un puñado de gobernantes con la coartada de la defensa de la democracia. Pero eso no significa que no haya nada que hacer. ¿Por qué no se declara la huelga indefinida de los trabajadores españoles de las bases americanas? ¿Por qué no se propicia una campaña de boicot a los intereses norteamericanos y a la industria de guerra en España? ¿Cómo es que no se propone una huelga general por la neutralidad en el conflicto? Incluso las categorías pacifistas del humanismo burgués han desaparecido bajo la ideología del terror y la cháchara de los estrategas de salón. Incluso quienes dicen estar en contra de la guerra (partidos, sindicatos ONG) no harán nada para enfrentarla. Pues la capciosa intervención humanitaria es un chantaje emocional y político tendente a cercenar cualquier intento de enfrentar la guerra en los términos en que nos la presentan los propios contendientes. |
La instrumentalización de la resistencia de las mujeres |
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No sé muy bien por donde empezar, pero
voy a intentarlo. Y no tiene nada que ver, eso me digo,
con el hecho de que soy una mujer, esa figura
-mezcla de constructo socio-cultural y ciertas
especificidades físicas- blanca, occidental, trabajadora
precaria, etc. Hoy, en un centro social ocupado (en esta semana se han desalojado tres en la ciudad de Barcelona, sin que se haya dado una respuesta amplia como la que suscitaron el desalojo del Princesa, de la Vakeria o el intento de desalojo de la Hamsa hace entre 5 y 3 años) se ha dado una charla sobre las repercusiones de la guerra en Afganistán y sobre el poder que ejercen los media en la manipulación de las conciencias ciudadanas. La última parte, que fue la primera de las exposiciones, me la perdí por llegar tarde, pero trataré de resumir la intervención de una mujer italiana que habló en nombre de la Asociación de Mujeres Rawa de Afganistán, intercalando mis impresiones. La mujer italiana no se presentó exactamente, más que como feminista pacifista vinculada a la Asociación, que consideraba necesario superar el binomio guerra/terrorismo y buscar alternativas de carácter humanitario y pacifista al actual ataque de EEUU a Afganistán y a la guerra que durante 20 años ha destruido totalmente al país y a su sociedad civil. Según ella, la práctica totalidad de ésta, con un peso importante de los intelectuales, estaba en el exilio en el vecino Pakistán. Definió el proyecto de la Asociación de Mujeres Rawa como el intento de cubrir los mínimos de enseñanza y de sanidad entre la población femenina, fundamentalmente infantil, con escuelas clandestinas en Afganistán y con el trabajo en los campos de refugiados en Pakistán y por otra, de difusión de la situación de represión y de terror que sufren las mujeres y la sociedad en general en la región, mediante la grabación clandestina de videos de juicios sumarios en el estadio de Kabul y la realización de ruedas de prensa. Hizo asimismo una exposición sobre la historia de Afganistán desde el golpe de estado que puso fin a la monarquía de Zahir Sha, hasta la actualidad, calificándola de un retroceso sin parangón en las libertades del pueblo afgano. En cierto modo, se puede decir que expresaba una nostalgia por los tiempos de la monarquía, en que las mujeres podían vestir a la occidental, ir al teatro, al cine o pasear al sol, trabajar, tener acceso a la educación y a la sanidad y moverse sin la compañía de ningún pariente masculino. Con el inicio de la guerra, tras la ocupación soviética del país, tiene lugar un ascenso de grupos o facciones inspirados por un islamismo radical y vinculados a la articulación de la resistencia de los muyahidín contra los soviéticos, que como ya sabemos recibió un apoyo militar y financiero importantísimo de unos EEUU que luego, con la expulsión de los rusos y el inicio de la guerra intestina entre facciones muyahidín que durará 5 años más, prosiguió en forma de ayuda a los refugiados afganos que se educaban en las madrasas de los campos en la frontera con Pakistán. Estos refugiados, educados en un islam inspirado por el wahabismo originario de Arabia Saudita y la escuela neobandí de la India, constituirían el núcleo duro de los llamados talibán... (Bien, algunas de estas cosas no las explicó, pero vale la pena leerse el libro del periodista pakistaní Ahmed Rashid, Los Talibán, para comprender un poco mejor la historia reciente de Afganistán). Volviendo a su exposición, y resumiendo, venía a decir que durante los últimos 20 años el país ha vivido una situación que ha ido de mal en peor, un genocidio constante contra el pueblo y una represión especialmente virulenta contra las mujeres, que ha tenido como resultado más de un millón y medio de muertos y más de tres millones de refugiados y que no se ofrece ninguna alternativa viable a la salida de esta masacre más allá de la posibilidad de un gobierno de transición presidido por el antiguo monarca. Los muyahidín o señores de la guerra, ahora reunidos en la Alianza del Norte no sólo se han dedicado a festejar sus conquistas con la matanza de cientos de personas, sino que si llegaran a alcanzar el poder perpetuarían la guerra civil en el país, multiplicándose las masacres. Como alternativa, esta mujer proponía que la única fuerza opositora eran la Rawa y un conjunto de asociaciones humanitarias y pacifistas que trabajaban en las fronteras entre Afganistán y Pakistán, mediadas por el mencionado gobierno de transición de Zahir Shah (o su sobrina, educada en Italia y cercana a estas asociaciones, algo harto improbable). Según ella, mucha gente lo apreciaba, aunque reconocía el odio feroz hacia su persona por parte de los muyahidín. En otras palabras, y espero que no se me malinterprete, no hay ninguna salida a la barbarie de la guerra mediante la guerra, aunque ésta podría precipitarla, si no es mediante un gobierno impuesto prácticamente desde el exterior, por los países occidentales y las asociaciones humanitarias. En toda esta argumentación la cuestión de género tiene un peso fundamental (avalada por una burka auténtica que ha ofrecido a los asistentes para su probatura, con un efecto espectacular) pues las mujeres siempre son las más perjudicadas por la guerra y por los regímenes totalitarios. Pero apoyar como mal menor la intervención internacional, de los regímenes llamados democráticos, sostener como única salida la transición a las formas de vida occidentales, al capitalismo, basándose en argumentos que remiten a la barbarie a la que hacía referencia Berlusconi o a que nuestro sistema de vida es superior frente al suyo, como declaraba Solana, es peligroso. Es una forma de desactivar cualquier tentativa de crítica, de grito de asco contra un mismo sistema que podemos reconocer que genera formas de miseria, exclusión o asesinato en masa en todo el mundo y que es el mismo, porque habitamos en un mundo interconectado. Si bien las formas de dominio, explotación y represión pueden adaptar diferentes rostros, léase religiosas, culturales... Pero el sistema patriarcal... Yo no llevo burka pero a veces tuve que ponerme zapatos de tacón y pintarme para poder ganar cuatro duros, o ni siquiera eso, debo vender mi tiempo de vida un día tras otro, estar continuamente disponible, movilizable, si quiero vivir bajo un techo, comer, desplazarme... O pensar otros modos de vida, inventar otras realidades. La mujer italiana, por desgracia, no pudo explicarnos como se lo montaban las mujeres afganas para poder enseñar a las niñas a leer y escribir u otras proezas realizadas en la más absoluta clandestinidad, porque no lo sabía. Para conocer la historia del país, centro de su exposición, basta con tener cierto interés, buscar libros o artículos y atreverse a pensar por una misma. Tampoco quiso especificar las vinculaciones existentes entre estas asociaciones humanitarias y la ONU, sólo dijo que ella pertenecía a una ONG y desconocía o no le interesó hablar de los motivos que consideraba que habían llevado a EEUU a articular una alianza armada contra el país, que no sabía de política (aunque había oído hablar de la petrolera Bridas en Kabul y de la importancia geopolítica de Afganistán en el Asia Central). Explico todo esto para poder situar mejor la crítica.
Una cosa debe quedar clara: esta no es
una guerra para liberar a las mujeres afganas de la
represión, ni siquiera para darles una mínima
posibilidad de vida, como la que buscan miles de
emigrantes, mujeres y hombres, en nuestros países
desarrollados. Huir de una miseria para caer en otra.
Pero, claro, con los argumentos cada día más en boga,
¿cómo una privilegiada como yo, puede hablar de
miseria?
Entonces, humanizar el capitalismo se presenta como la única alternativa posible y por lo tanto deseable, frente a la cuál sólo queda la guerra de todos contra todos. La verdadera miseria es no poder imaginar, desear, practicar, otras formas de vida. Incluso el pensar y sobretodo el comunicar se plantean en ese límite. ¿Se entiende este balbuceo? Probando. Probando... |
La guerra del siglo XXI |
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Entrará
en la historia de los vencedores como una de las guerras
más gloriosas de la historia. Los 40 países más ricos
del planeta se alinearon para atacar los países más
pobres del mismo. Toda la tecnología militar del mundo
reunida con el objetivo declarado de cazar a unos
barbudos dispersados por montañas peladas y demás
lugares inhóspitos y cuya arma más fuerte era su fe
irreductible en la justicia de su causa. Sin embargo
-hablando en términos generales y sin entrar en la
complejidad del mundo islámico-, estos barbudos
agrupados en el Afganistán de los talibanes, al aparecer
no son otra cosa que la expresión más extremista del
llamado islamismo político nacido como reacción al
fracaso de los intentos de adoptar modelos occidentales
de desarrollo, sea en forma de dictaduras desarrollistas
de corte capitalista, sea en forma de la inauguración
del socialismo de Estado (Argelia, el mismo Afganistán),
igualmente importado de Occidente. Son la parte más
radicalizada de una alianza entre el "clero",
la clase dominante, parte de la inteligencia local y
elementos populares (de la "cultura de los
bazares", etc.). Una alianza reaccionaria en ambos
sentidos del término que se ha hecho añicos con la
ofensiva neoliberal que ha hundido a gran parte de la
población mundial en la miseria y la precariedad al
mismo tiempo que las medidas liberalizadoras impuestas
por el BM y el FMI han aumentado la desintegración de
las sociedades islámicas cuya estabilidad social se
debía en gran parte a la persistencia de elementos
tradicionales que permitían la subsistencia de las
clases populares. A causa de esta depauperación material
y de la ausencia de proyecciones existenciales
emancipadoras, la fe ciega, excluyente y represiva podía
entrar por la puerta trasera en los países llamados
umbrales y parcialmente secularizados de mano de
teólogos enajenados y financiados con los petrodólares
de sectores del poder local. Bin Laden sólo es la punta
de iceberg de esta tendencia antisecularizadora que, al
parecer, ha colado tan honda en amplios sectores del
Oriente. De todas maneras se trata de una fe que se alimenta en primer y último lugar de la vivencia de destrucción y miseria en el que se ven abocadas millones de personas de su condición, en la experiencia de cientos de miles civiles como siempre mujeres, niños y ancianos matados por el embargo contra el Iraq, en la experiencia de los miles de palestinos asesinados por defender su derecho a la autodeterminación, en la vivencia de miseria, muerte y represión ejercidas por los regímenes de la región que solo pueden sobrevivir gracias al apoyo político, económico y militar de E.E.U.U y de sus aliados. Una identidad de fe que se hace más cerrada y reaccionaria si cabe, cuando más aumenta la represión y la miseria y cuando más la embestida globalizadora del capital y de sus brazos ejecutores arrasa las formas de vida aún no plenamente subsumidas bajo la égida del capital. Por otra parte, la guerra del mundo civilizado contra la barbarie es la reacción geoestratégica al primer ataque que la primera potencia mundial ha sufrido en su historia después de haber devastado durante décadas países enteros matando cientos de miles de personas que amenazaban su doctrina de seguridad nacional. Al mismo tiempo es la guerra de un espacio políticamente globalizado cuyas fronteras exteriores se trasladan cada vez más hacia el interior del mismo. La misma uniformización del Imperio condiciona su vulnerabilidad, la propia ausencia de un centro rector (aunque no a nivel simbólico como se ha visto) hace que tenga un sinfín de flancos abiertos que fácilmente se pueden convertir en blancos de ataques sorpresa capaces de amenazar la estabilidad del conjunto y de hundir a los mercados. En un mundo donde hasta los élites de los países más pobres funcionan según el mismo patrón de conducta, dependen de las mismas fluctuaciones de bolsas y actúan conforme a los criterios de las grandes compañías transnacionales y de organizaciones internacionales como la OMC encargadas de preparar el terreno para éstas, las fronteras para los movimientos del capital y para según que clases sociales han dejado de existir. Al mismo tiempo crece el número de oprimidos, excluidos y expulsados del capitalismo globalizado. Sin embargo, estos oprimidos ya no sustentan ninguna bandera de emancipación social (al menos no de una forma inteligible desde la perspectiva del Occidente). No hay ninguna necesidad de negociar nada con ellos. A lo sumo son objeto de un humanitarismo misericorde que (a parte del negocio que supone) sirve esencialmente para tranquilizar la conciencia de los donantes. Este drama mundial de depauperación y exclusión que en los llamados países pobres ha alcanzado dimensiones absolutamente inéditas, se ha traslado en las últimas décadas también hacia las fronteras del mundo occidental y se está produciendo de forma creciente dentro de las mismas. Es aquí donde los mensajeros del hambre y de la miseria revisten la forma del otro y son convertidos en engrasadores de la maquinaria de identidad nacional y regional que engendra múltiples expresiones racistas. Son los otros que nadie quiere ser porque evocan la precariedad de la situación vital de los propios habitantes del Occidente. En la mayoría de los casos son los otros más próximos, sean los miles de refugiados que vienen de un país vecino, sean los inmigrados en los países occidentales o sea el vecino de al lado que se comporta de forma extraña. En este marco general, el otro en el interior del propio sistema se ha convertido en el nuevo enemigo. Su máxima expresión se llama terrorista. Es la figura ideal para ocupar el lugar que ha dejado vacante el fantasma del peligro comunista. De entre los escombros de la victoria en la "competencia de sistemas" surge así un enemigo más concorde con los tiempos del sistema único: es un rival invisible que puede adoptar formas múltiples. Sus motivos se presentan como ininteligibles y como peligro para la humanidad entera. Pero mientras al viejo enemigo se le mantenía en jaque potenciando los ejércitos, construyendo bombas atómicas y creando superestructuras militares, al enemigo Terrorismo se le tiene que combatir dentro de las propias fronteras del Imperio que de acuerdo con la nueva lógica del capital son completamente flexibles y hasta virtuales si se quiere. Este combate se tiene que llevar a cabo con medidas policiales y la superposición de éstas con componentes propiamente militares. De esta manera los atentados del 11 de septiembre han sentado las bases para establecer un nuevo consenso represivo en las sociedades occidentales. Para cimentar este consenso represivo viene como anillo al dedo la paranoia fomentada por los presuntos ataques biológicos de ántrax.
Además
los gobernantes europeos quieren equiparar los llamados
actos de violencia urbana con el delito de terrorismo (o
sea, según los nuevos proyectos de ley la gente detenida
en Génova podrían ser condenada de 10 a 15 años
de prisión), plantean prolongar los tiempos de
reclusión en las dependencias policiales, quieren
aumentar las penas por actos de terrorismo... y un largo
etcétera. Para colmo será el gobierno español, que el
año que viene asumirá la presidencia de la UE, el
encargado de llevar a cabo estos paquetes de medidas
destinados a aumentar el control policial del espacio
interior.
Sin embargo, el enemigo interior del Imperio no son sólo los morenos de la periferia que invaden el centro tanto de forma material como virtual, sino también las disidencias que se dan entre la propia población autóctona. También los movimientos sociales (okupas, el movimiento contra el Plan Hidrológico y demás movimientos contra megaproyectos gubernamentales así como cualquier lucha obrera que rebase el marco cada vez más estrecho y ritualizado de los llamados conflictos laborales) se verán afectados por el nuevo consenso represivo que el poder y sus representantes están inaugurando. De todos estos movimientos quizás el más afectado será el "movimiento de antiglobalización". Ya antes de los atentados se veía clara y dolorosamente un aumento de la espiral de represión contra un movimiento incipiente que, con pasos vacilantes y con muchas contradicciones y falsos amigos, estaba intentando formular una primer crítica masiva contra los efectos devastadores de la globalización de la lógica capitalista al menos en lo que a los sectores más inquietos de este movimiento se refiere. Ahora este movimiento tendrá que saber hacer frente a una tendencia que se podría llamar crítica reaccionaria de la globalización conducida por los sectores interesados en perpetuar este nuevo consenso represivo. Frente a los reclamos de justicia y libertad esta corriente propulsará el miedo al otro y la defensa aferrada de la propia identidad y bienestar. O los grupos contrarios a la globalización capitalista se someterán a la disyuntiva más allá del orden existente sólo hay la barbarie planteada por todas las esferas del poder y secundada por la práctica totalidad de la llamada izquierda (lo que se expresa también en las más que tibias protestas ante la guerra), o tendrán que superar el terreno de una crítica meramente moral en el que se han movido hasta ahora. Más que nunca "el movimiento" tendrá que optar entre convertirse en la cara amable de la cultura capitalista, en una especie de monjes secularizados que alivian las penas de los pobres y de paso preparan el terreno para la penetración del capital en una especie de Blair a pequeña escala y sin bombas si se quiere o avanzar hacia una crítica práctica de la globalización que no sólo se produce en Bangladesh sino también delante y detrás de la propia puerta. Un movimiento contrario a la globalización capitalista digno del nombre no puede quedarse impasible ante el hecho de que un trabajador de Andalucía que se va a Catalunya sea presentado como un modelo de flexibilidad, mientras que el mismo trabajador que viene del otro lado del Estrecho sea tratado como un criminal y tenga todas las cartas de morir en el intento de cruzarlo.
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Las dimensiones económicas de la guerra |
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11
de septiembre-7 de octubre: Como siempre, la guerra, otra
guerra más, como siempre, contra lo social. Guerra con
varios frentes: guerra contra Afganistán, condenando a
la población de uno de los países más pobres y
devastados del mundo (20 años de guerra ininterrumpida)
al terror y a la muerte instantánea o diferida;
continuación de la guerra contra Palestina y contra
Irak; guerra contra el Islam y la comunidad musulmana
convertida en responsable y rehén de las derivas
fundamentalistas de ciertas interpretaciones del Corán;
guerra contra las poblaciones inmigradas en los países
occidentales mediante el refuerzo de los dispositivos de
control sobre la inmigración y el fomento del racismo
entre la población (el otro como potencial terrorista);
guerra de los ricos contra los pobres; guerra contra
todos, guerra global, por medio de la aplicación de
políticas de seguridad y de control de las poblaciones
cada vez más sofisticadas y brutales, que suponen una
militarización creciente de la sociedad, un control más
férreo sobre personas e intercambios de información, la
represión de cualquier movimiento que se oponga a la
globalización de este voraz y autodestructivo modelo de
desarrollo, etc, etc... Lo cierto es que quizás nunca lleguemos a saber quienes fueron los artífices reales de los atentados de Nueva York y Washington tan lejos se ha llegado en el perfeccionamiento de los métodos de falsificación y en las técnicas de control de las informaciones operado por los mass media, aunque lo cierto es que lo importante son sus consecuencias y no una búsqueda de culpables a los que demonizar (y además con argumentos bastante poco convincentes). En todo caso, lo que sí podemos hacer es preguntarnos a quien benefician en última instancia, porque ya se sabe, la muerte, la guerra, es uno de los negocios más lucrativos en la actualidad y no sólo para las empresas de fabricación de armamento o para la industria de las comunicaciones, sino también para los gobiernos que luego participarán en la reconstrucción de lo que haya quedado tras la devastación, aunque Afganistán se ofrece como un país poco atractivo a ese fin, además, seguro que también hay riquezas naturales que necesitan de una tutoría responsable. Y creemos que la ley del talión aplicada por EEUU & Company para responder a uno de los mayores ataques que ha sufrido, tanto por el número de personas que han perdido la vida como por su efecto simbólico, nunca puede justificar/explicar ninguna acción y menos todavía si ésta es bélica, es decir, existen motivos que van más allá de la represalia que anima los delirios patriótico-belicistas y tranquiliza las seguridades ciudadanas norteamericanas, alimentadas por los mass media. Vamos a intentar, por ello, desarrollar otra explicación a los múltiples porqués de la guerra contra Afganistán, no sólo como guerra contra los talibán, que como todo el mundo sabe ya a estas alturas fueron una creación de los servicios de inteligencia pakistaníes (ISI), con la inestimable ayuda financiera y militar de Arabia Saudita y de la CIA, ni contra el terrorismo personificado en Bin Laden, sino sobre la base de los intereses geoestratégicos que están en juego en la región del Asia Central y donde Afganistán parece constituir una pieza clave en la consecución de las garantías de estabilidad necesarias para los negocios del petróleo y el gas en una zona abiertamente codiciada por los intereses económicos occidentales. Esta mirada, sin embargo, se queda corta si no se completa con las repercusiones que esta guerra está teniendo y va a tener en el amplio contexto del Medio Oriente, de los países árabes y de los países occidentales.
En esta guerra, más allá de las
discusiones expertas sobre el calificativo que se le
puede atribuir y sobre las características que la
diferenciarían de otras guerras (guerra red, guerra
global), parece que hay muchos elementos en juego que van
a beneficiar en mayor o menor medida a los países
implicados en la denominada Coalición Antiterrorista y
que nos remiten de nuevo a las grandes guerras de origen
colonial o imperialistas. Esto significa que los países
alineados no entran en ella ni por la denostada defensa
de una democracia y unos derechos humanos que a estas
alturas pocos nos creemos ya, ni por obedecer a los
tratados firmados en el seno de la OTAN, el ya famoso
artículo 5 del Tratado de Washington, y que quizás lo
que esté principalmente en juego sea la consolidación
de una vez por todas y con toda la artillería que sea
necesaria del nuevo orden mundial. Del nuevo orden
mundial en todas sus dimensiones: económica, política y
militar. Lo social ya se sabe, no cuenta, es siempre la
víctima de todas las guerras, siempre. Me referiré
aquí a la dimensión económica de esta guerra, a
sabiendas de que entraña una simplificación del
análisis y de que no es sino un aspecto más de la
complejidad del sistema mundo que habitamos.
Por un lado, al parecer, se ha liquidado definitivamente la guerra fría, instigadora de los conflictos en el Asia Central hasta entrados los años 90 y Rusia y las repúblicas ex-soviéticas ofrecen su apoyo logístico y sus bases aéreas a EEUU como campo de operaciones fronterizo con Afganistán y más seguro que Pakistán, que está al borde de una guerra civil, ofreciendo también asesoramiento militar y, ¿quien mejor que Rusia puede conocer militarmente el territorio afgano? Aunque cabe recordar aquí que fue precisamente EEUU, entre otros, quien financió a los muyahidín contra la ocupación soviética del Afganistán, es decir, al parecer tanto EEUU como Rusia tienen intereses en la zona desde hace mucho tiempo, ¿de qué intereses se trata? ¿a que tipo de acuerdos habrán llegado? También hay que recordar que en la lógica de este ataque otros dos países más están en el punto de mira (bajo pretexto de perseguir a las redes terroristas) que son los territorios autónomos palestinos donde, después de un año de recrudecimiento del asedio militar israelí y de casi mil muertos (más todos los miles de muertos palestinos desde la creación del Estado de Israel), los palestinos están empezando a matarse entre sí a causa de su posición frente a la guerra (y Arafat solicitando materiales antidisturbios al gobierno de Sharon), e Irak (uno de los países con una tasa más elevada de cáncer del mundo como consecuencia del uranio empobrecido dispersado durante la guerra del golfo y que ha soportado un embargo que ha dejado a su población sin medicinas y alimentos básicos desde hace diez años además de estar sufriendo bombardeos constantes). Hacemos conjeturas, pero quizás esta guerra se utilice para llevar de una vez por todas la paz final y el orden a esos países que no acataron los trazados y dictados que sucedieron a la descolonización del Oriente Próximo y Medio y del nuevo orden mundial que empieza a perfilarse tras la Segunda Guerra Mundial. Y aquí entra un nuevo-viejo actor en escena, el segundo bombardero mayor, Gran Bretaña. Alguien recordará sin duda su papel en el diseño de los gobiernos hindú, pakistaní y por supuesto, irakí. Entre las conjeturas, que quizás no tengan cabida más que en una mente retorcida, cabría imaginarse también a todos los gobiernos del Magreb y fundamentalmente a Argelia rogándole al Imperio que le eche una mano en la eliminación del islamismo radical. O a Rusia, colocando en las listas negras de la Coalición Internacional a Chechenia o a cualquier otra república con ansias independentistas. Por supuesto, el desmoronamiento de la ex-URSS y las políticas imperialistas rusas y occidentales en el norte de África, el Próximo Oriente y Asia Central, que han atizado durante años las guerras en estas regiones apoyando financiera y militarmente a las distintas facciones en conflicto, están en parte en el origen de esta guerra en la que se ha llegado a una entente provisional contra un enemigo común, cuya definición amplia podría ser todos aquellos movimientos que pongan en peligro o cuestionen el orden existente, y a favor de un amigo común: el comercio y el negocio (el mercado, en definitiva) y la estabilidad que puede favorecer a ambos. Continuamos. ¿Qué intereses estratégicos se están defendiendo con el ataque a Afganistán? Al parecer el país se encuentra en uno de los corredores a través de los cuáles se planifica transportar petróleo y gas desde Turkmenistán hasta Turquía y la India (en concreto el oleoducto Chardzhov-Gwadar y el gasoducto Dauletabad-Nueva Delhi), que permitirían a las repúblicas caucásicas obtener una mayor independencia de Rusia y abrirse hacia los mercados del Asia Meridional. Para poder desarrollar estos planes, en los que está implicado el gobierno de EEUU a través de la compañía petrolera Unocal (de la que Kissinger entre otros ha sido vice-presidente) y la empresa argentina Bridas (mejor relacionada con los talibán) es fundamental el fin de la guerra en Afganistán y la estabilización de toda la región que lo circunda, profundamente implicada en y afectada por el tráfico de armas y de drogas con el país. Esta estabilización permitiría la reapertura de las rutas comerciales (el ascenso de los talibán está relacionado con las ayudas de Pakistán destinadas a este fin) y el inicio de las obras, y por otra parte sería la forma de conjurar la posible desestabilización de otros países como Pakistán o las propias repúblicas ex-soviéticas, recorridas por el riesgo de sublevaciones islámicas, países que son además los principales proveedores y compradores de la energía. Si esto fuera así, significaría que la guerra contra Afganistán está estrechamente vinculada con los conflictos que en los últimos diez años han asolado la zona de los Balcanes, el Kurdistán, Irak y Chechenia. Con la guerra en los Balcanes porque a través de ellos, mediante corredores o pasillos, la Unión Europea y EEUU proyectan unir los yacimientos petrolíferos del Mar Caspio con el Mediterráneo (3,5 millones de barriles al día en el 2010 con la previsión de 5 millones para el 2020); la expulsión y el genocidio de los kurdos por parte de Turquía coincide geográficamente con el paso del oleoducto Georgia (Bakú)-Turquía (Ceyhan), centro de la política norteamericana en esta zona del mundo; 10 años después de la guerra del golfo, los EEUU mantienen en Irak, que es el segundo productor mundial de crudo, dos zonas aéreas de exclusión que coinciden con el trayecto del petróleo irakí hacia el Mediterráneo; por Chechenia cruza un oleoducto que bombea petróleo hacia Rusia y se encuentra en el corredor de transporte de crudo al Mediterráneo... El interés por estos corredores obedece a la necesidad de ir preparando el terreno para la extracción y transporte del gas natural y el petróleo de los yacimientos de la región del Caspio hacia el Mediterráneo, Pakistán, la India y China como medida estratégica para crear un contrapeso al poder de los países del Golfo Pérsico, que disponen de 2/3 de las reservas mundiales, tanto a nivel de la producción (mediante la inversión en nuevos pozos y la explotación del gas) como de su control territorial (modificando sus rutas de distribución).
Por
otra parte, esta guerra podría ocupar un lugar central
en las estrategias para hacer frente a la recesión
económica en los países occidentales y en particular al
enfriamiento de la economía en los EEUU, marcando el fin
de la expansión neoliberal y del ciclo de la
reestructuración productiva, que algunos quisieron ver
como la tercera revolución industrial (desarrollo y auge
de las tecnologías del conocimiento;
electrónica/informática, información y
telecomunicaciones) y que parece haber alcanzado su techo
a inicios del s.XXI. Las medidas desarrolladas para
conjurar la recesión global, que se caracteriza por la
crisis de consumo y el endeudamiento generalizado, han
sido el aumento del gasto público, es decir, la
intervención estatal en ciertos sectores de la economía
para evitar su hundimiento mediante ayudas estatales al
sector de la aeronáutica, por ejemplo, y la reducción
de los impuestos y del precio del dinero para reactivar
la economía, en otras palabras, la aplicación de
medidas neokeynesianas.
Paralelamente, vuelven a situarse en un primer plano los sectores que tradicionalmente han tirado de la economía, como es la industria del armamento. Como es sabido el Pentágono acaba de adjudicar a Lockheed Martin el mayor contrato militar de la historia (37,5 billones de pesetas), además, Bush ha solicitado del Congreso 1500 millones de dólares para financiar la lucha bioterrorista y alimentar así la industria de la biotecnología (con el pretexto de fabricar vacunas contra el ántrax) y las empresas tecnológicas relacionadas con la seguridad (biometría- identificación de las personas mediante sistemas de reconocimiento facial, del iris, de la voz o dactilar) han registrado alzas superiores al 100% en la bolsa neoyorquina. Mientras tanto, prosiguen los despidos masivos en todos los sectores tecnológicos modernos (telefonía, informática) y tradicionales (automóvil). Después del 11 de septiembre, los despidos pueden atribuirse además a una mala coyuntura internacional, extremo que permite gestionar la crisis en un doble sentido, económica y simbólicamente, ya que supone la revisión y aceleración de los planes de ajuste de las empresas y de la externalización de costes mediante el aumento de la flexibilización del mercado de trabajo y de la cadena de subcontratación por un lado (antes del 11 de septiembre y en lo que iba de año se habían suprimido ya 1 millón de empleos en EEUU), y por otro, conmina a los afectados a asumir los costes de la crisis como corolario del impacto global de los atentados, a partir de ahora y por causas mayores todos tenemos que apretarnos el cinturón. Nos llegan las imágenes de los 75.000 nuevos parados que buscan trabajo en el Madison Square Garden o de las manifestaciones contra la reducción drástica de empleo en las aerolíneas norteamericanas y europeas (92500 personas en EEUU y 26750 en Europa). En resumen, el 11 de septiembre precipita las respuestas sociales y económicas a la recesión económica global, acelera los planes de intervención estatal sobre la economía y alienta la inversión en sectores clave como el militar y de gestión del control sobre las sociedades como el de la biotecnología y la seguridad. La guerra se sitúa así en el centro de la economía política del siglo XXI, motor y argumento principal del estado de excepción y de la crisis permanente contra lo social. |