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El amor y la muerte son sin duda los dos grandes
temas con que se tejen todas las historias que merecen la pena, y no
creo que sea bueno ocultárselos a los niños. Todos los grandes cuentos
hablan del amor, pero también de la desdicha y la muerte. La gran
literatura se sitúa en ese territorio que antes ocupaba la religión.
Pero, ¡ojo!, la religión de que hablo no tiene nada que ver con la
iglesia. No se trata de elaborar normas que nos digan cómo debemos
comportarnos, sino de propiciar un estado de disponibilidad que nos
permita abrirnos a lo valioso. Ese es el tema de todos los cuentos, de
ahí la importancia que cobra en ellos un símbolo como el tesoro.
Los personajes de los cuentos siempre buscan lo valioso, que es aquello
capaz de dotar de sentido a lo que hacemos. Siempre me ha sorprendido
la torpeza de la iglesia católica. Tienen un montón de bellas historias
y en vez de limitarse a leerlas, se empeñan en extraer de ellas
enseñanzas precipitadas y simples. Deberían hacer como los poetas,
limitarse a leer sus historias. No comprendo cómo no se dan cuenta de
que el consuelo que ofrecen esas historias no es comparable a nada, y
mucho menos a sus rancios sermones. Pero también hay otra cosa que esos
sermones no pueden ofrecer, la libertad, ese vivir sin por qué del que
hablaba el maestro Eckarth, y que es inherente al arte de narrar.
Me acuerdo de la parábola de las vírgenes prudentes y necias, Las
primeras guardaban su aceite esperando la llegada del novio que habría
de llevarlas a la boda; las segundas, se entretenían en la noche
llevando su lamparita encendida, de forma que cuando llegaba el novio
habían gastado su provisión de aceite y no podían seguirle. ¿Con cuál
de ellas nos quedamos? Si lo hacemos con las prudentes, nos perdemos el
gozo de ese deambular en la noche; si lo hacemos con las necias,
nos quedamos sin boda… Creo que las grandes historias son las que
aciertan a combinar ambos mundos. El personaje de Peter Pan pertenece
al mundo de las vírgenes necias, pero Wendy es una virgencita
prudente; y lo mismo pasa con Don Quijote y Sancho. Una vez se me
ocurrió decir un poco en broma que el narrador era un perverso con
corazón candoroso. Y es lo que creo de verdad. La razón ultima por la
que se contamos a un niño una historia es buscando su felicidad. No
creo que haya una razón de más peso para contársela. Hay otras: que les
enseñen a ser generosos, a amar la naturaleza y a los animales, a
confiar en los que quieren, a no tener miedo. Pero lo esencial es que
les haga felices escucharla. Si no ¿para qué se la contaríamos? Es como
cocinar para ellos. Lo hacemos porque necesitan alimentarse, pero ese
mundo de bizcochos, tartas de crema, natillas y leche frita, pertenece
al mundo del alma. Es curioso, a veces pienso que eso que llamamos alma
es la parte menos doctrinal y previsible del hombre, porque el alma ama
vivir sin porqués. Borges decía que quien escribe para niños puede
quedar contaminado de puerilidad. Y es cierto, pero no lo es menos que
el problema no está en los riesgos que se corren sino en cómo los
logramos salvar. Además ¿qué es ser pueril? Somos pueriles cuando
jugamos con un niño pequeño o cuando paseamos con un perro. Somos
pueriles cuando amamos a alguien, cuando nos arreglamos para ir a una
fiesta o cuando bailamos, y lo seremos definitivamente cuando nos
hagamos ancianos. Don Quijote es pueril, y muchos personajes de Kafka
también lo son. Incluso me atrevería a decir, que la lectura es un acto
pueril, ya que nos instala en el mundo de la irrealidad. En ese caso
¿por qué habría de ser mala? La puerilidad no se confunde con la
niñería. Tenemos vidas reales pero nos enamoramos de vidas irreales.
Por eso necesitamos los cuentos.
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