
Por Rosana Faría
Podría decir que haber colaborado con Mónica y Menena en la realización
de El libro negro de los colores ha sido una de las experiencias más
extraordinarias que he vivido jamás como ilustradora de libros para
niños.
En un principio, yo realmente no entendía nada. Mónica, muy
emocionada, me dio a leer el manuscrito que Menena le acababa de traer.
Era hermoso, conmovedor, pero era para mí en ese momento imposible
visualizar una ilustración para una frase como “el amarillo sabe a
mostaza”. Por supuesto que lo primero que me viene a la cabeza es un
tarro de mostaza, o una mancha amarilla, ¡que horror! Lo obvio ha sido
siempre una especie de monstruo del que huyo despavorida. No quería
desalentarla, pero no ubicaba un estilo, un lenguaje visual apropiado
para semejante poesía. Creo recordar que le dije que sería incapaz de
hacerlo, pues otros proyectos me atormentaban lo suficiente como para
encima lidiar con tan gigante compromiso. Al final Mónica me convenció:
“Este libro es totalmente negro, y las ilustraciones serán en relieve”.
En ese momento comprendí todo. Al preguntarle a Menena, como es mi
costumbre cuando tengo al autor a la mano, por qué, en qué estaba
pensando cuando escribió ese texto, ella, con una humildad pasmosa, me
dijo que siendo una persona netamente visual, había hecho el ejercicio
de privarse de la vista por un momento para tratar de definir los
colores verbalmente a través de todos los demás sentidos. Me pareció
absolutamente brillante, y comencé a plantearme cómo asumiría entonces
el reto de ilustrar los colores sin ellos. El amarillo, si bien sabe a
mostaza, también es suave al tacto como las plumas de los pollitos. ¿No
son acaso las plumas bellísimos objetos que invitan a dibujarlos con la
suficiente delicadeza como para emular su textura? El rojo, dulce como
la sandía o ácido como la fresa cuya piel se presta para divagar con la
plumilla por una infinita cantidad de puntos. De la misma manera las
hojas secas y la grama, el cabello de la madre y la lluvia. Pero ¿cómo
ilustrar el azul del cielo cuando el sol calienta la cabeza? En fin, la
representación de todas esas sensaciones me hizo recordar el cuadro de
Magritte en que se plantea “Esto no es una pipa”. Esto no es una fresa,
ni el arcoiris, ni el agua, son interpretaciones bidimensionales de
esos conceptos que el invidente tendrá que aceptar de la misma forma en
que los que podemos ver entendemos el azul al leer azul.
Pero las experiencias con este libro no terminaron al imprimirlo,
por el contrario, este libro tiene vida propia. El haberlo hecho me
hizo tener una sensibilidad especial al visitar la exhibición “Diálogos
en la oscuridad”, en el Museo Papalote de México. En una inmensa
habitación completamente oscura, pude vivir la experiencia de la
invidencia y avanzar por una calle, un mercado, una selva e incluso un
bote en el agua. Todo esto guiados por Marcos, un joven que perdió la
vista a los 20 años de edad y que utiliza uno de los sentidos más
importantes para sobrevivir a la invidencia: el sentido del humor.
No he mencionado a Cristina Urrutia, directora editorial de
Ediciones Tecolote, quien creyó literalmente a ciegas en el proyecto, y
que lo bautizó con una actividad única: la cena de los sentidos. Con
los ojos vendados, los asistentes reciben una caja dividida en
compartimientos, llena de los elementos que se describen en el libro, y
lo intentan adivinar a través del gusto, tacto, olfato y oído. Nos
trajimos la iniciativa al Banco del Libro en Caracas, y pudimos ver
cómo se transforma la noción de las personas acerca del mundo que les
rodea. En fin, El Libro negro de los colores verdaderamente se
transformó para mí en una manera de romper barreras preestablecidas y
en mi granito de arena para lograr un mundo mejor.
Haz click aquí para ver el video de El Libro Negro de los Colores