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Milicianos de la paz
Valladolid es la mayor cantera de Brigadas Internacionales de Paz, que envía a sus voluntarios a países en conflicto como testigos para evitar violaciones de derechos humanos Texto de/Antonio Corbillón. Fotografía de Rodrigo García. LLEVAN más de veinte años tratando de construir
esperanza en medio de la desesperación. Jugando un difícil papel de
equilibrio en escenarios marcados por décadas de una violencia enquistada
y que no parece tener salida. El mapa del voluntariado de las Brigadas
Internacionales de Paz (BIP) pasa por Valladolid, lugar de origen del
15% de las setenta personas 'empotradas' en México, Guatemala, Indonesia
y Colombia, los cuatro países en conflicto en los que desarrollan sus
proyectos.
'Armados', como mucho, con una cámara de fotos, sus integrantes apuestan por un trabajo sobre el terreno, en el que sus observadores/acompañantes efectúan una labor de notarios, implicándose sólo en la denuncia de las amenazas o agresiones a organizaciones o activistas locales de derechos humanos. Cuando salen de su sede para hacer un viaje o dar cobertura a alguien «procuramos que lo sepa todo el mundo, desde la ONU, al Gobierno o la policía locales», explica Roberto Montoya. Junto con el también castellano Luis Pérez, es el responsable de la creación y formación de los grupos de voluntarios españoles , de que la 'cantera' vallisoletana sea ampliamente conocida en estos países. El 11-S también les obliga a replantearse su labor ante la creciente legalización de la represión oficial y el estar bajo sospecha de muchas ONG. «La demanda de más derechos humanos ha perdido peso en favor de la seguridad», sostiene Luis Pérez. Montoya recuerda que «a las instituciones de aquí les cuesta entender qué es eso de acompañar a gente y prefieren apoyar proyectos convencionales: escuelas, letrinas...». Reconocen que cada vez resulta más difícil buscar financiación para sufragar los gastos de estos grupos de trabajo. Con sedes en quince países y una estructura pequeña comparada con otras ONG (unas 200 personas), las búsqueda de fondos en las instituciones occidentales es la única forma de seguir defendiendo la no violencia sobre el terreno. «Estamos tratando de coordinarnos al máximo y crear redes con todos los colectivos sociales de estos países: mujeres, organizaciones civiles de todo tipo... O nos apoyamos entre todos o nos acabarán arrinconando», admite Luís Pérez. Tiempo de relevo La llegada del verano es tiempo de relevo y reencuentros. Una generación de voluntarios (todos firman un contrato de un año) da paso a la siguiente. Tiempo de 'aterrizaje' y 'descompresión' tras «24 horas y 365 días dedicado al mismo proyecto», como explica la vallisoletana María José Pequeño. Regresó en marzo tras un año a caballo entre México D. F. y el estado de Guerrero, el más pobre del país. Allí se integró en el equipo de doce personas que BIP mantiene en el país. «Acompañábamos a gente que ha perdido a familiares. Pasas muchas horas con ellos y esto te afecta mucho. 'Aterrizar' tras un año es duro», asegura. Dicen que México es como un resumen del mundo. Pobre (el 90%) y muy rico ( el resto). Indígena y muy urbano. Moderno y medieval. Resume todas las contradicciones, injusticias y violencias, con una creciente militarización del sur insurrecto tras el levantamiento zapatista. «Cada acto que haces, hasta tomar un café o visitar a alguien, se considera político. Allí se dice que extranjero que 'pisa fuera de la baldosa' es expulsado», comenta. Lo corroboran Pedro Lázaro y Beatriz Muñoz, otros dos vallisoletanos que acaban de llegar de Colombia. Sumido en una violencia que dura medio siglo, en el país andino trabaja el grupo más numeroso y veterano de BIP. Más de cuarenta personas, en cuatro sedes distintas, llevan diez años «tratando de mantener ese espacio, cada vez más pequeño, para que los activistas del país que buscan salidas pacíficas a la violencia hagan su trabajo sin ser agredidos», explica Pedro con inequívoco acento después de renovar contrato con BIP durante tres años seguidos. Ni héroes, ni 'escudos' A este colectivo le molesta que les llamen la ONG de los 'escudos humanos' y prefieren que se analicen las causas que les obligan a actuar así. «Nadie vamos de héroe. Asumes un cierto riesgo, pero no dejas de tener las ventajas de ser un extranjero. Los que de verdad se arriesgan son los que nos piden amparo. Y lo que hacemos es dejar constancia de que realizamos esto porque las cosas empeoran para los derechos humanos y no queda más remedio», continúa Pedro Lázaro. Para cualquier colombiano, dedicarse a promover organizaciones que defiendan los derechos civiles es el camino más fácil para ser considerado 'subversivo', en un país que ha descartado la paz como salida. Cuanto más trabajo de despacho hay, más contactos con autoridades, policía, organismos internacionales, más seguro será su labor. Y diez años en Colombia también han dado para situaciones tensas. «En Barrancabermeja (una de las cuatro sedes de BIP en el país) fue amenazado un brigadista cuando yo formaba parte de aquel equipo, y hubo que 'enfriarlo' (sacarlo de la zona)», recuerda Roberto Montoya. Hay zonas de este montañoso país a las que no entran porque «nadie puede garantizar la seguridad de nadie». Jóvenes mayores de 25 años con un castellano fluido son los principales requisitos para formar parte de estas brigadas, integradas en su mayoría por europeos y norteamericanos (EEUU y Canadá). La convivencia entre ellos, que durará al menos un año, es un reto más. Viven siempre un proceso muy similar cuando llegan a un proyecto. «Lo que encuentras siempre te desborda. Estas años aterrizando, día a día, percibiendo cómo y por qué la gente muere, algo que aquí se pierde», dice Pedro. Nunca son la misma persona cuando vuelven y su «croquis de cómo funciona el mundo es más completo». La mayoría regresa a la seguridad occidental, algo para lo que BIP «también trata de prever porque 'reengancharse' no será fácil», valora el responsable de Formación, Luis Pérez. Dicen que son un «grano de arena en una playa por conquistar, la del respeto a los derechos humanos para todos». Y algunos han decidido continuar cargando arena. Como Beatriz y Pedro, que regresarán a Colombia tras un tiempo de reencuentro familiar. En Bogotá, la joven aportará su profesión de psicóloga en un país cegado por la violencia social y política. |
La violencia enquistada |