Afrim Harjullahu
fotógrafo albanokosovar
28 años
Pristina
Llevaban los serbios días
bombardeando lenta pero continuadamente los barrios . No se podía
salir a la calle. Los policías serbios disparaban todo el tiempo
al aire para aterrorizar a la gente. Y lo conseguían. Era el 30
de marzo, seis días después de que la OTAN comenzara a bombardear
Yugoslavia.
Como a otros muchos nos comunicaron
que teníamos que abandonar nuestra casa en cinco minutos. Nos empujaron
y nos sacaron a culatazos de la casa. Éramos una inmensa columna
humana. Un rebaño. Antes de conducirnos a la estación de
tren en Pristina nos pasearon por el centro de la ciudad. Fuimos agolpados
junto a otras 20.000 personas. Creí estar viviendo el pasado, el
genocidio y la deportación nazi de los judíos , personas
enloquecidas por subir a un tren en el que escapar de una muerte segura.
Se encaramaban a cualquier parte. Se metían dentro de los sevicios
y se subían a los lavabos. Resultaba imposible respirar en ninguno
de aquellos 20 vagones.
Pararon el tren pasada la
estación de Kosovo Polje (pueblo de mayoría serbia). Y daban
marcha atrás .Una y otra vez. Nos exhibían delante de los
habitantes y nos amenazaban. Un policía se reía mientras
tiraba una granada a escasos metros de uno de los vagones.
El viaje de apenas dos horas,
lo que se tarda en hacer unos 100 kilómetros lo que separan Pristina
de la frontera norte de Macedonia se alargó más de seis.
El maquinista ralentizaba la marcha cada vez que pasaba ante cádaveres
tirados a los lados de la vía del tren. Habían sido masacrados,
quemados. De algunos sólo quedaban las piernas. De otros, las cabezas
cortadas. Prefiero no ahondar en la angustia vivida.
El 1 de abril, mas de 60.000
deportados albanokosovares eran arrojados del tren a los barrancos del
paso fronterizo de Blace. Convivimos durante seis días con la muerte
y el hambre. Los niños lloraron durante días y la gente se
pegaba por un trozo de pan. Me sentía impotente. Allí me
sobrepasó la tragedia. Llegué a contar 25 cadáveres.
Ancianos, mujeres y niños muertos en aquel barrizal. Los macedonios
nos dejaron allí para que muriéramos. No son diferentes de
los serbios.
Tras aquel horror, mi familia
fue conducida al campo de deportados de Stankovic I. Yo no podía
acompañarlos. Estaba seguro de que moriría si me encerraban
entre alambradas. Fuí afortunado, unos fotógrafos alemanes
me reclamaron y se hicieron cargo de mí, ahora estoy en Tetovo.